martes, 13 de junio de 2017

¡Tenemos campeón! Un Durant sobrehumano bate a LeBron y da el anillo a los Warriors



JUANMA RUBIO...Antes del primer partido Stephen Curry dijo que esta final de finales resolvería, el cierre de la primera trilogía de la historia (2015-17), qué equipo es realmente el mejor del mundo. Y hace más de once meses, en la mansión de los lujosos Hamptons por donde fueron pasando los pretendientes de Kevin Durant, el general manager Bob Myers le explicó al alero, que en realidad ya había decidido dejar Oklahoma City, que los Warriors podían ganar anillos sin Durant y que Durant desde luego tenía dentro un par de campeonatos en los Thunder o en cualquier otro equipo. Pero que solo uniéndose podrían hacer cosas especiales: Golden State Warriors y Kevin Durant ya son, efectivamente, el mejor equipo del mundo. Y han empezado a hacer cosas especiales.

Los Warriors no solo son campeones sino que han dado sentido a un proceso del que salieron malparados ante buena parte de la opinión pública. Ellos y, sobre todo, Durant: el equipo que pierde una Final y corre a reclutar a una súper estrella, la súper estrella que firma con el equipo que le había eliminado menos de dos meses antes. Solo con un título que no fuera solo un título transmitirían su mensaje, el que en realidad mucha gente no iba a querer escuchar de todas formas. Solo con la primera piedra de lo que podría ser una dinastía de leyenda quedaría atrás el 3-1 desperdiciado ante los Cavaliers para los Warriors y el juicio por alta traición, uno en el que todo el mundo quería leer el veredicto, para Kevin Durant. Y al fin, en estas Finales que solo eran un pasaje hacia algo superior, algo que debería culminar en próximas temporadas, apareció esa certeza última: los Warriors y Kevin Durant querían reunirse no para ganar sino para ganar así. Y lo demás nunca ha importado demasiado. El que parecía el equipo de todos en 2015 ya había dejado de serlo durante la siguiente temporada, cuando aplicaron una presión extrema sobre la liga para alcanzar el 73-9. Y si tocaba cambiar de bando, ¿por qué no hacerlo en formato súper villanos? Como escribió Terry Pratchett, aquellos que aplauden en tu coronación son los mismos que aplaudirán en tu decapitación. Porque lo que quiere la gente en realidad es, sencillamente, un buen espectáculo.

Los Warriors son los campeones 2016-17 de la NBA, quinto anillo de una franquicia que iguala a los Spurs y solo tiene delante a los Bulls y a los inalcanzables: Lakers y Celtics. Pero quien crea que han ganado por una simple aritmética de talento que garantizaba este resultado se ha perdido buena parte del viaje. Porque no ha querido mirar o, peor, porque no ha querido ver. Los Warriors han sido una sinfonía de aprendizaje, ensamblaje, perfeccionamiento y dedicación. Han sido capaces de esconder sus pocos defectos y explotar al máximo sus extraordinarias virtudes. Nadie tiene tanta magia pero nadie juega tan duro, nadie tiene tanta pólvora pero nadie defiende con tanta convicción. Cuesta recordar a tantos pesos pesados trabajar juntos de forma tan armónica, tan solidaria y tan saludable. Vendrán tiempos peores y retos que tarde o temprano tendrán que ver (seguramente) con el empacho de victorias, pero por ahora cuesta no reconocer a estos Warriors el que tal vez sea su principal valor: aunque podría haberles bastando con ponerse a jugar han optado por entenderse a fondo. Y jugar.

Y son los campeones. No un campeón cualquiera y no el del primer 16-0, que se fue al limbo el pasado viernes como testamento de la resistencia extraordinaria pero inútil de los Cavaliers, el campeón hasta ayer, y como si hiciera falta un bofetón semejante para recordar que nada es fácil y nada está garantizado, ni siquiera para estos Warriors que en tres años (la era Kerr: 2014-17) han ganado dos anillos y han firmado la mejor Regular Season de la historia (el 73-9) y el primer 16-1 en playoffs desde la que la primera ronda se juega a siete partidos. Y que acumulan 254 victorias (lo nunca visto en tres temporadas) entre Regular Season (207) y playoffs (47). Esta era la meta: venganza y campeonato con un nivel de juego que por momentos ha sido una mutación con respecto a cualquier cosa conocida hasta ahora.

En las sombras de la derrota vuelve a quedar LeBron James, que cada vez que cae lo hace con el estruendo del coloso derribado: este resultado mezclará con su (otra vez sobrehumano) nivel de juego en un debate sobre su legado que se alargará durante meses. Es su quinta derrota en ocho Finales, tercera en las cuatro últimas. Los Warriors han cogido el relevo de los Spurs en el Oeste pero en el Este perdura LeBron, inamovible pero atrapado en esa paradoja casi espaciotemporal que separa el recorrido por los playoffs de su Conferencia de unas Finales contra estos Warriors, el monstruo de las mil cabezas. LeBron tendrá 33 años en los próximos playoffs y no sabemos hasta cuándo será una certeza inevitable. El final de su carrera va a estar marcado, necesariamente, por cómo calibra sus fuerzas contra un equipo superior a todos cuando al mismo tiempo el suyo es superior a los demás. No es fácil y no ayuda a llegar preparado a la batalla: los Cavaliers llevan dos años metiéndose en las Finales en el tercer partido, subiéndose sobre la marcha a un tren de alta velocidad que avanza embalado. Frenarlo requirió hace un año un milagro histórico que no se podía repetir. Aunque LeBron y Kyrie Irving, ese es su testamento tras una temporada irregular, nos hicieron dudar durante 72 horas, después del 3-1 y con los fantasmas de 2016 revolviéndose en el armario de los Warriors.

Pero esta vez la realidad era demasiado tozuda porque esta vez Kevin Durant era el seguro contra cualquier amago de colapso: su quinto partido coronó sus Finales de MVP: 39 puntos, 7 rebotes, 5 asistencias y 14/20 en tiros. Once puntos en el último cuarto, cuando la caza interminable de unos Cavs con mil vidas acabó por pura falta de fuerzas, porque apretaron con todo en ataque (su defensa no ha estado ahí en toda la temporada) pero los Warriors respondieron siempre, golpe por golpe en un tremendo segundo tiempo de baloncesto. Con un Durant imperial, un Iguodala extraordinario en ataque y defensa y un Stephen Curry que no se precipitó y supo leer el partido y sumar con precisión quirúrgica: 34+6+10+3 a pesar de un 2/9 en triples.

Los Warriors (6 pérdidas en el primer cuarto, 7 entre los tres siguientes) fueron mejores pero tuvieron que superar todas las trampas de unos Cavaliers que se enfrentaron a lo inevitable con una una convicción admirable. Manejaron los catorce primeros minutos con un LeBron imperial pero se les vino el mundo encima después, con Draymond Green y David West ordenando la defensa y Durant y Curry liberados en ataque con mucho juego en transición: de 33-41 a 69-52, un parcial de 36-11 en nueve minutos que echó por tierra todo el trabajo de los Cavs: el control de LeBron (41+13+8), los triples de JR Smith (7/8), los picotazos de Irving (26 puntos).

El segundo tiempo fue una persecución que nunca terminó y que llegó hasta una compresión máxima: 100-95, 108-102…. Los Cavs no se fueron nunca, ni cuando en el último cuarto Kyrie se desfondó y el cepo de Iguodala y Durant hizo mella en un LeBron titánico. Pero esta vez los Warriors no miraron atrás para ver qué era ese ruido que los perseguía por mucho que corrieran. Contra el miedo y los fantasmas de 2016 no pararon de sumar, de empujar, de probar el ánimo de un rival que cayó definitivamente a cuatro minutos del final: 122-108. El Oracle estalló, una caldera maravillosa, y los Warriors celebraron durante los últimos 100 segundos de temporada el primer título amarrado en su pista desde la mudanza a la Bahía en 1962. Así se cerró el primer tramo de un camino que comenzó en los Hamptons el pasado julio y que no sabemos dónde acabara. O en realidad sí: en la historia de la NBA.
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